Durante más de un siglo, los barcos han usado el agua como lastre para proporcionar estabilidad, por lo que el agua de lastre resulta esencial para una navegación segura y eficiente. No obstante, el agua de lastre transporta una enorme cantidad de especies acuáticas, incluidos microbios, bacterias, pequeños invertebrados y algas, así como quistes, larvas y huevos de especies más grandes. Cuando estos organismos se descargan con el agua de lastre en nuevos entornos, se consideran especies acuáticas invasivas (EAI). La introducción de especies invasivas puede devastar el ecosistema marítimo local, provocando la pérdida de la biodiversidad, y hasta extinciones de especies autóctonas.
Las EIA no solo son peligrosas para el ecosistema. Se cree que los patógenos transportados en el agua de lastre han provocado algunos brotes de cólera, lo que ha costado miles de vidas. Asimismo, muchas proliferaciones de algas tóxicas parecen estar vinculadas a la introducción de especies de algas no autóctonas a través de descargas de agua de lastre. Las EAI transportadas en el agua de lastre han contribuido a la destrucción de zonas pesqueras, a la devastación de regiones marisqueras y a provocar situaciones tóxicas en playas. Las EAI cuestan a las economías mundiales miles de millones de dólares cada año. De hecho, la propagación de especies invasivas es una de las cuatro mayores amenazas para los océanos del mundo.
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